Magdalena·44 capítulos

Magdalena

Magdalena, a film made especially for women, beautifully shares God's love and the gospel, engaging women at the heart level with the potential of changing their lives for eternity.

A story of tenderness, freedom and purpose, it portrays Jesus' compassion for women and historical accounts of His interactions with them, as seen through the eyes of Mary Magdalene.

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Transcripción

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¡No me ves! ¡No me ves! ¡Eh! ¡Por aquí! ¡No puedes verme!! ¡Nunca me cogerás! Oh, mira. Que hermosa es la obra maestra que Dios pinta cada tarde. Me recuerda su gran amor... por mí... por ti. ¿El Dios que creó todo esto? Dudo que me vea, y menos que me conozca. Quizá Dios pueda amar a un hombre santo, no a alguien como yo. Rivka, si hubieras estado conmigo los años en que Él nos enseñó. ¿El maestro Jesús? Safira. ¿Nos hablarás de Él, María Magdalena? Sí, cuéntanos tu historia. Sí, lo haré. Pasad. Bien, empecemos por el principio. ¿Cuando conociste a Jesús? No, para entender la historia de Jesús hay que empezar en el principio de todo, como enseña la Santa Escritura. Al principio, Dios creó la tierra y todas las plantas, animales, aves, y criaturas del mar. Del barro, formó al primer hombre. Y sopló en su nariz aliento de vida. El primer hombre se llamaba Adán. Dios dijo, “No es bueno que el hombre esté solo. Le haré a alguien que sea ayuda adecuada para él.” Dios sacó una costilla de Adán e hizo una mujer llamada Eva, Adán y Eva vivían en la presencia de Dios en un bello jardín preparado para ellos, llamado Edén. Dios andaba y hablaba con ellos en el jardín. Y no había dolor, ni opresión, ni muerte. Dios dijo a Adán, “Puedes comer de cualquier árbol del jardín salvo del árbol del conocimiento del bien y del mal. Si de éste comes, morirás.” Pero un día Satanás tentó a Eva. Ella cogió el fruto y lo mordió. También le dió a su esposo, que estaba con ella, y él comió. El vergonzoso acto de desobediencia de Adán y Eva destruyó la armonía del jardín: la armonía entre el hombre y la mujer, y la armonía entre ellos y Dios. El hombre fue condenado a una vida de trabajo duro, y la mujer a mayores dolores en el parto y a ser dominada por su marido. Pero Dios también hizo una promesa: que un día la semilla de la mujer, su propia descendencia, aplastaría la cabeza de la serpiente. En la Sagrada Escritura, Dios Misericordioso habla de un plan para restaurar la armonía y el honor en su creación. Reveló parte de ese plan a Abraham. Abraham confió en Dios y le honró. Y Dios prometió bendecirlo, y bendecir a todas las naciones por medio de él. Un día, Dios probó a Abraham. Le dijo que cogiera a su hijo y lo sacrificara. Abraham sabía que era por medio de ese hijo que Dios había prometido darle muchos descendientes y bendecir a todas las naciones, pero Abraham confió en Dios y obedeció. Dios le llamó, “¡Abraham!” Ahora sé que me obedeces porque no me has negado a tu hijo amado.” Abraham vio un carnero cerca de allí. Y lo sacrificó para Dios en lugar de su hijo. La provisión de Dios de un carnero en lugar del hijo de Abraham era una imagen... una sombra de su gran plan. Ese plan rompería la maldición del pecado, y restauraría la íntima relación entre los seres humanos y Él. Había una joven que vivía en Nazaret que estaba prometida en matrimonio a un hombre llamado José. Se llamaba María. El Señor está contigo y te ha bendecido grandemente. No temas, María. Dios te ha concedido su favor. Te quedarás embarazada y tendrás un hijo, y lo llamarás Jesús. Pero si soy virgen. ¿Cómo puede ser? El Espíritu Santo vendrá, y el poder de Dios se posará sobre ti. El niño que llevas será muy importante y será llamado Hijo del Altísimo. También Isabel, tu pariente, tendrá un hijo aunque es anciana, la que llamaban estéril está ya de seis meses. Porque nada es imposible para Dios. Yo soy la sierva del Señor. Que Dios haga conmigo como has dicho. María se fue de prisa a ver a su prima Isabel. ¡Isabel! ¿María? ¡Prima María! Oh, es cierto. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito el niño que llevas. ¿Por qué me pasa esto a mí, que la madre de mi Señor venga a visitarme? Porque apenas oí tu saludo, el bebé en mí saltó de alegría. ¡Mi alma alaba al Señor; mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha mirado a su humilde sierva! De ahora en adelante todos me llamarán “Dichosa.” Jesús nació en Belén en un establo, porque no había espacio para María y José en casa de sus familiares. Y una multitud de ángeles proclamaron su nacimiento. Llegado el día de circuncidar al bebé, lo llamaron Jesús, que significa, “Dios salva.” María y José llevaron al niño al Templo para presentarlo al Señor. Cuando oí su historia, supe que Jesús sería más que un profeta común. ¿Qué quería decir el ángel al llamar a Jesús “Hijo del Altísimo?” ¿No insinuarás que Dios tuvo “relaciones” con una mujer? ¡No! No, no no. Recuerda, María era virgen. La concepción de Jesús fue un milagro del Espíritu de Dios. Dios puede hacer cualquier cosa. ¿No os lo creéis? Por su origen milagroso, Jesús nació de una mujer como tú o yo, y sin embargo, era mucho más. ¡Arrepentíos de vuestros pecados y bautizaos, y Dios perdonará vuestros pecados! Dios mismo habló de esto cuando el hijo de Isabel, Juan el Bautista, bautizaba a hombres y mujeres en el río Jordán. Yo os bautizo con agua. Pero viene alguien que es más grande que yo. Yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo, y fuego. Tiene en su mano el aventador para limpiar la era y recoger el trigo en su granero. Y el Espíritu descendió sobre Jesús en forma de paloma. Y una voz vino del cielo y dijo, “Tu eres mi hijo amado. En ti me agrado.” Tras su bautismo, Jesús viajó por la región enseñando, y su mensaje reafirmaba su autoridad. ¿Ese no es el hijo de María? Sí, es él. Silencio. El Espíritu del Señor, está sobre mi, porque me ha elegido para llevar la buena nueva a los pobres. Me ha enviado para proclamar la libertad a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para redimir a los oprimidos, y para anunciar que ha llegado la hora de que el Señor salve a su pueblo. Qué bien lee. Este pasaje de la escritura que habéis oído, se ha cumplido hoy. ¿Que la escritura se ha cumplido? ¡Sólo el Mesías puede hacer cierta la promesa! ¿Pero cómo..? Sus palabras hacían reflexionar a muchos... y sus milagros llevaron a muchos a creer. Es ella. Ya está otra vez. ¿Quién es ese? Es ese maestro de Nazareth, Jesús. Hola. Hola. Vete. No te queremos aquí. Maestro, déjala. No deberías deshonrarte ni mirándola. María. ¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazareth? Te conocemos, ¡eres el Santo de Dios! ¡Silencio! Espíritus malignos, salid de esta mujer. Está muerta. ¡La ha matado! ¡La va a tocar! ¡No! ¡Un hombre santo no la tocaría! María, hija de Abraham. ¡Está bien! ¡Está viva! ¡Es un milagro! ¿Quién es este hombre? ¡Hasta los espíritus le obedecen! Es un milagro. Es un milagro. ¿Cómo es posible? Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Desde aquel día me hice su seguidora. Quería hacer lo que agradara a Dios. Durante años viví en la deshonra, pero Jesús me devolvió el honor. Su poder expulsó a esos espíritus malignos. ¡Safira! Dina, tú oíste a Jesús enseñar y viste sus milagros. Sí. Entonces sabes porqué lo dejé todo por seguirlo. Y no fui yo la única. Teníamos hambre, física y espiritual, y necesitábamos a alguien que nos mostrara el camino a Dios. Tras años de decepción y lucha, muchos habíamos perdido la esperanza. Pero Jesús parecía ofrecer esperanza allá donde iba. ¿Quién... es ese? Un joven. El único hijo de una viuda. ¡Joven, levántate! ¡Un gran profeta ha aparecido entre nosotros! ¡Dios ha venido a salvar a su pueblo! Si sólo amáis a quienes os aman, no tiene ningún mérito. Hasta los pecadores aman a quien les ama. Y si sólo hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tiene? Hasta los pecadores lo hacen. ¿Cómo puede tocarla? ¿Cómo se atreve a hablar con ella? Es repugnante. No, amad a vuestros enemigos y hacedles el bien y prestad sin esperar nada a cambio, así será grande vuestra recompensa, pues seréis hijos del Dios Altísimo. Porque Él es bueno con los ingratos y perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. Jesús dijo que Dios trata a los pecadores no como enemigos a los que destruir, sino como ovejas perdidas a las que rescatar y devolver al rebaño. No sabíamos que esta forma de amor era también para los samaritanos, a quienes habíamos despreciado durante siglos, mestizos cuyas tradiciones nos parecían ofensivas, hasta que Jesús decidió viajar por Samaría. ¿Quién es esa mujer a la que todos desprecian? Es samaritana. ¿Te parece poco? Vamos. Hay que comprar comida, y no queremos que el Maestro espere. Dame un poco de agua. Eres judío. Y yo soy samaritana. ¿Cómo me pides agua a mí? Si supieras lo que Dios da, y quién es el que te pide agua, le pedirías, y Él te daría agua de vida. Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacarás esa agua? Nuestro antepasado Jacob nos dió este pozo. Él y sus hijos y su ganado bebían de el. No te creerás mejor que Jacob, ¿verdad? Los que beben de esta agua volverán a tener sed. Pero quien beba del agua que yo le daré jamás volverá a tener sed. Dentro de él esa agua se convertirá en manantial del que brotará vida eterna. Señor, dame de ese agua. Para que no vuelva a tener sed, ni tenga que venir aquí a sacar agua. Ve y llama a tu marido, y vuelve aquí. Yo... Yo no tengo marido. Bien has dicho que no tienes marido. Has tenido cinco maridos, y con quien vives ahora no es tu marido. Has dicho la verdad. Veo que eres profeta, señor. Mis antepasados samaritanos adoraron a Dios en este monte. Pero los judíos decís que debemos adorar en Jerusalén. Créeme, mujer, se acerca la hora en que adoraréis al Padre sin tener que ir a este monte ni a Jerusalén. Vosotros no sabéis a quién adoráis. Pero llega la hora, y es ahora mismo, cuando por el Espíritu de Dios la gente adorará al Padre tal como es, ofreciéndole la adoración que Él quiere. Dios es Espíritu, y sólo con el poder de su Espíritu es posible adorarlo tal como es. Es esa mujer. ¿Qué hace hablando con ella? ¿Sabrá quién es? Yo sé que el Mesías vendrá. Y cuando venga nos lo explicará todo. Yo soy él. Venid a ver al hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. Venid. ¿No será este el Mesías? ¿Mesías? ¿Mesías? ¿El que ha de venir? No puede ser. Venid y ved. Venid. Maestro, come algo. Tengo una comida de la que no sabéis. ¿Alguien le ha dado de comer? Mi comida es hacer la voluntad del que me envió, y terminar la obra que me encomendó. La cosecha está madura y lista para la siega. ¡Mira cuántos vienen! ¿Es su mensaje para samaritanos también? La gente del pueblo rogó a Jesús que se quedara y les enseñara. Nos quedamos dos días, y muchos samaritanos creyeron en él. ¿Quién de vosotros puede, aunque quiera, alargar su tiempo de vida? Si no podéis hacer ni siquiera eso, ¿por qué preocuparos por lo demás? Fijáos en los lirios, cómo crecen. Ellos no hilan, ni tejen, y sin embargo, ni Salomón con toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así a la hierba del campo que va a ser quemada, ¿cómo no va a hacer lo mismo con vosotros? Hombres de poca fe. Auméntanos la fe, Señor. Si tuvierais fe, aunque fuera del tamaño de una semilla,podríais decirle a esa morera: “Arráncate de raíz, y plántate en el mar.” Y os obedecería. Tentaciones no os faltarán. Pero ay de aquel que las provoque. Más le valiera ser arrojado al mar con una piedra de molino atada al cuello, que hacer caer en pecado a uno de estos pequeños. ¿A qué se parece el reino de Dios? Pues se parece a una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo. La planta crece y se convierte en árbol, y los pájaros hacen nido en sus ramas. No entiendo de qué está hablando. ¿Por qué comes y bebes con cobradores de impuestos y pecadores? ¡¿Pecadores?! Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a buenos a arrepentimieto, sino a pecadores. Si puedo tocar su capa, seré sanada. ¿Quién me ha tocado? Alguien me ha tocado, porque he notado que salía poder de mí. Yo te he tocado. He padecido hemorragias durante doce años. He gastado todo lo que tenía en médicos que no pudieron hacer nada. Pero al tocar con mis dedos tu capa, fui sanada. Hija, tu fe te ha sanado. Ve en paz. Gracias. ¿La llamó “hija”? Sí, a alguien que había sido impura doce años según nuestra ley. Él vio su deshonra y restauró su honor. No sé qué trae mayor sanidad, el poder de Jesús, o su compasión. No temáis, hijos mios, pues a vuestro Padre le agrada daros el reino. Vended todo lo que tenéis, y dad el dinero a los pobres. Tomad bolsas de las que no se estropean, y guardad vuestras riquezas en el Cielo, donde nunca menguarán. Porque ni el ladrón puede llegar a ellas, ni la polilla destruirlas. Pues vuestro corazón estará donde vuestra riqueza. Mujer, quedas libre de tu enfermedad. ¡Mirad! ¡Fijáos! ¡La ha curado! ¡Es un milagro! Fijáos, está curada. ¡Venid a verlo! ¡Otro milagro! ¡Bendito sea el Señor! Dieciocho años. Dios te guarde, Rabí. Hay seis días en que se puede trabajar, venid uno de esos días para ser curados, pero no el sábado. ¡Hipócritas! Todos vosotros desatáis a vuestro buey o a vuestro asno el sábado para llevarlo a beber. Y a esta hija de Abraham a quien Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no habría que liberarla en sábado? ¡Pecadora! ¡Adúltera! ¡Adúltera! ¡Zorra! ¡Adúltera! ¡Zorra! Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. En nuestra ley, Moisés mandó lapidar a mujeres como ésta. ¡Sí! ¡Apedreadla! ¡Apedreadla! ¡Apedreadla! ¡Zorra! ¡Apedreadla! ¡Apedreadla! ¿Qué dices tú? Maestro, tenemos el relato de dos testigos. ¿Qué hacemos con esta mujer? El que de vosotros no haya cometido pecado, que arroje la primera piedra. Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? Ninguno, señor. Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar. Padre, no veo nada. Súbete a mi hombro. ¿Lo ves ahora? Veo a Jesús. Desacata la ley, Un sembrador, salió a sembrar su semilla. no respetando el sábado, (Y al esparcirla, parte de ella cayó en el camino, y fue pisoteada,) yendo con pecadores. Si lo dejamos seguir así, todo el mundo creerá en él, y los romanos tomarán medidas ¡y destruirán nuestro Templo! (Y otra parte de la semilla, cayó en buena tierra,) No podían atrapar a Jesús ni disminuir sus seguidores, pero decidieron que su pretensión de ser el Mesías tenía que acabar. Y encontraron a alguien dispuesto a traicionarlo. Jesús solía llevar a sus discípulos al Monte de los Olivos para orar. Esa noche parecía profundamente angustiado. ¿Por qué estáis durmiendo? Levantáos, y orad para que no caigáis en tentación. Judas. ¿Con un beso traicionas al Hijo del Hombre? Señor, ¿le atacamos con la espada? ¡Venga, arrestadle! ¡Ya basta! Habéis venido con espadas y palos como si fuera un malhechor. Todos los días estuve con vosotros en el Templo, y no me prendisteis. Pero ésta es vuestra hora de actuar, cuando dominan las tinieblas. ¡Apresadle! ¿Su amigo lo traicionó? ¿Uno de sus discípulos? Alguien a quien todos conocíamos bien. Vigiladle bien. Esa noche, los guardas se burlaron de él y le golpearon. ¿Quién te ha pegado? Adivina. Profetiza. ¿Quién será el siguiente? ¡Basta! ¡Basta, he dicho! Llevadle ante el Consejo. Dinos, ¿eres tú el Mesías? Si os contesto, no vais a creerme. Y si os hago una pregunta, no vais a contestarme. Pero desde ahora, el Hijo del Hombre, estará sentado a la diestra del Dios todopoderoso. Entonces, tú eres, el hijo de Dios. Tú dices que lo soy. ¡Ha dicho una blasfemia! ¿Qué necesidad hay de más testigos? Entonces, lo admite. ¿Cómo se atreve? ¡Ya habéis oído su blasfemia! Es culpable. Todos hemos oído lo que acaba de decir. ¡Es culpable y merece morir! Lo llevaremos ante Pilato. ¡Sí, lleváoslo! ¡Lleváoslo! ¡Que él lo juzgue! Lo llevaron ante el gobernador romano, Poncio Pilato. Hombre despiadado, Pilato era responsable de miles de crucifixiones. ¿A qué habéis venido, a esta hora de la mañana? Este hombre está pervirtiendo a nuestro pueblo. Organizó un alboroto en el mercado del templo. Le hallamos culpable. Dice que no hay que pagar los impuestos al emperador, y asegura que es el Mesías, un rey. ¿Un rey? ¿Eres tú el rey de los judíos? Tú lo dices. Sólo el emperador es nuestro rey. Tenemos una ley, y por nuestra ley debe morir, porque dice ser el Hijo de Dios. Este hombre no merece la pena de muerte. Así que lo azotaré ¡y lo soltaré! ¡Si lo dejas ir, no eres amigo del César! ¡Crucifícalo! ¡Sí, crucifícalo! Tú, y tú, azotadlo. ¡Cualquiera que pretenda ser rey es un enemigo del César! ¿A qué esperas, Pilato? ¡Mátalo! ¡Vamos! ¡Crucifícalo! No ha hecho nada malo. ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Atrás! ¡Apartaos! ¡Atrás! ¡Apartaos! ¡Quitaos de enmedio! ¡Haced sitio! ¡Atrás! ¡Fuera! ¡Tú, quítate de ahí! ¡Haz lo que te digo! ¡Arriba! Tú, llévala. ¡Vamos, muévete! ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Levantad la cruz! Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen. ¿No eres tú el Mesías? Sálvate tú mismo, y a... a nosotros. ¿No tienes temor de Dios? Sufre el mismo castigo que nosotros pero él no ha hecho nada malo. Acuérdate de mí, Jesús, cuando vuelvas... como rey. Te prometo... que hoy estarás conmigo en el paraíso. A eso del mediodía, el cielo se oscureció durante tres horas. Padre... en tus manos encomiendo... mi espíritu. Gloria a Dios... este hombre era sin duda inocente. Había un buen hombre bueno miembro del Concilio que no había participado en condenar a Jesús. Su nombre era José de Arimatea. Pidió permiso a Poncio Pilato para poner el cuerpo de Jesús en una tumba cercana antes de que empezara el sábado con el anochecer. Perdónanos. Seguimos el cuerpo de nuestro Señor. Todas sois bienvenidas. Pero venid, el sábado se acerca. ¿Por qué tuvieron que matarlo? Si era de Dios, ¿por qué dejó que lo mataran? Yo misma hice esas preguntas. Jesús tenía poder sobre los demonios. Hasta los muertos le escuchaban. ¿No podía haberlo evitado? Lo seguí durante tres años, esperando que fuera el Mesías prometido. Y ahora no estaba. ¿Qué iba a hacer yo? Es una historia triste. Pero con un glorioso final. Al amanecer del domingo, tres días después de que Jesús fuera crucificado, volvimos a la tumba con perfumes preparados para ungir su cuerpo. La piedra ha sido quitada. Pedro... Santiago... Juan... Oíd. ¡La piedra ha sido quitada! Entramos, pero el cuerpo del Señor no estaba. ¡Se han llevado al Señor de la tumba, y no sabemos dónde lo han puesto! ¿Qué? ¿No está el cuerpo allí? Ve y míralo tú. Tras examinar la tumba, Pedro volvió con los demás discípulos. Yo me quedé fuera, confundida, y llorando. Los soldados lo habrán cogido, o los fariseos. Mataron toda nuestra esperanza. Al menos podrían dejarnos Su cuerpo. Mujer, ¿por qué lloras? Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto. Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, y yo iré a buscarlo. María. ¡Maestro! No te agarres a mí, porque todavía no he ido a reunirme con mi Padre. ¡Estás vivo, Señor! Ve, y cuéntale esto a mis hermanos. No nos has olvidado. Dios no nos ha dejado. Cuéntales. ¡He visto al Señor! ¡He visto al Mesías! ¿Resucitó? Sí. ¿Cómo? La muerte no pudo retenerlo. ¿Entonces por qué tuvo que morir? Para vencer a la muerte. Oh, yo no lo entendí entonces, Pero Jesús se nos apareció varias veces después, y nos enseñó. Siglos antes de que Jesús viniera, los profetas predijeron en la Escritura que el Mesías prometido sufriría. Isaías escribió: “Fue traspasado por nuestra rebeldía, molido por nuestra maldad; el castigo que sufrió nos trajo paz, y por sus heridas fuimos sanados.” Moisés declaró: “Quien muere colgado de un árbol es maldito por Dios.” Al morir en la cruz, Jesús cargó con nuestra maldición, mí maldición, de pecado, y de muerte. Con su sacrificio y resurrección nos libró de las garras del mal, nos rescató de la oscuridad, y nos redimió de una vida de miedo y vergüenza. Esto es lo que Dios prometió a nuestro antepasado Abraham cuando dijo que todas las gentes de la tierra serían benditas a través de él. ¿Toda la gente? ¿Incluso las mujeres? Jesús me llamó “hija de Abraham.” Eres una hija querida, una hija a quien él desea bendecir, como la mujer a la que curó de doce años de hemorragias... como yo. Ya nadie tiene que vivir en el miedo o la deshonra. Ya no tenemos que sentirnos olvidadas, o ignoradas. Jesús dijo de sí mismo: "El Espíritu del Señor, está sobre mí, porque me ha elegido para llevar la buena nueva a los pobres. Me ha enviado para proclamar la libertad a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para redimir a los oprimidos, y para anunciar que ha llegado la hora de que el Señor salve a su pueblo." Jesús tocaba a la gente, incluso a mujeres enfermas y consideradas impuras, y los sanaba. Enseñaba a niños, hombres y mujeres, ricos y pobres, justos y pecadores, devolviéndoles su dignidad, y demostrando su gran compasión. Sanó a la gente, expulsando demonios, liberando a hombres, mujeres, y niños de las cadenas de Satanás. Eso demostró su autoridad sobre el mal y los espíritus. Jesús resucitó a hijas e hijos, Mostrando su poder incluso sobre la muerte. Y aunque Satanás y los demonios creían que habían vencido cuando crucificaron a Jesús, él resucitó, triunfando sobre los poderes del mal y de la muerte. ¿Entonces era el Mesías? Sólo el Mesías prometido enviado por Dios Todopoderoso podía hacer los milagros que hizo Jesús. Y sólo alguien tan compasivo, y fiel como Jesús merece nuestra confianza y devoción. Cuando Dios creó el mundo, creó al hombre y la mujer para vivir en su presencia y sentir su gozo. Ese era su plan. Pero no le creímos, y lo desobedecimos. Ese vergonzoso acto nos separó de Dios, y estropeó la relación entre el hombre y la mujer. Nosotros continuamos, también, desobedeciendo. La Escritura afirma, “No hay nadie que no peque.” El resultado de este pecado es muerte y separación de Dios. Pero Dios no quería que estuviéramos lejos de Él y de su amor, viviendo en la deshonra y el temor. Así como proveyó de un carnero para morir en lugar del hijo de Abraham, Dios envió a Jesús a morir en nuestro lugar. La vida, muerte, y resurrección de Jesús, restauró la relación entre Dios y todo aquel que le siga. Y esta íntima relación con Dios nunca acabará, ni siquiera cuando muramos. El criminal en la cruz, al morir, creyó en Jesús… y Jesús le prometió, “Hoy estarás conmigo en el Paraíso.” Los que confíen en Jesús escaparán al castigo eterno y vivirán con Dios para siempre. ¿Cómo? Siguiéndolo en fe. ¿Cómo puede él aceptarme? Nos aceptó a María y a mí. ¿Cómo puedo saberlo? Confía en Él. Pídeselo. Háblale. Dios, mi Padre celestial, eres santo y justo. Gracias por amarme. He pecado contra ti. Gracias por enviar al Mesías prometido, Jesús, para romper la maldición de la vergüenza y la culpa. Gracias porque murió en mi lugar. Quiero seguir a mi salvador. Gracias por perdonarme y aceptarme. Amén. Amén. Amén. Gracias. Gracias. Jesús dijo, “Mis ovejas oyen mi voz, Yo las conozco, y ellas me siguen.” Él te conoce, Rivka, y te ama. Éste es el comienzo de una relación eterna que crece cuanto más le conocemos y confiamos en él. Crecemos obedeciendo su palabra, orando a él con fe, y estando con quienes lo siguen. Y hablamos a otros de él, recordando lo que dijo Jesús: “El Señor os bendiga y os guarde. Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y predicad a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Y enseñadles a observar todo lo que yo os he mandado. Yo estaré con vosotros, siempre. Hasta el fin del mundo. Amén.”
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